A quienes hacen de la educación un acto de esperanza

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En los próximos días, miles de profesores, profesoras y educadoras volverán a detenerse a mirar su propia práctica. Algunos lo harán en el marco de su proceso de evaluación profesional docente; otros, en los procesos participativos de la Segunda Jornada Nacional de Reflexión Docente. Serán días para revisar, aprender, dialogar y proyectar nuevos caminos.

Bajo estas circunstancias, creemos que es tiempo de que nosotros volvamos la mirada hacia ellos. Hoy queremos mirar a quienes, con su presencia cotidiana, sostienen el pulso más profundo de nuestras escuelas: profesores, profesoras y educadoras que, en silencio, hacen posible que la esperanza siga encontrando un lugar donde crecer en cada uno de nuestros centros educacionales, escuelas y jardines.

Muchos de estos profesionales ejercen su labor en contextos donde educar exige mucho más que enseñar. Han aprendido a conocer profundamente a sus estudiantes, a reconocer sus historias antes que sus dificultades, a descubrir talentos donde otros ven carencias. A comprender que, antes de enseñar contenidos, muchas veces es necesario reconstruir confianzas, devolver esperanza y recordarles a los niños y niñas que poseen un valor infinito.

Las manos pequeñas que descubren el mundo

Allí también están las educadoras, recibiendo las primeras confianzas de la infancia. Son ellas quienes acogen las manos pequeñas que, por primera vez, se desprenden del abrazo familiar para descubrir el mundo. Quienes convierten el asombro en aprendizaje, el juego en conocimiento y la ternura en el primer lenguaje de la escuela.

Con una delicadeza que exige una inmensa fortaleza, van sembrando seguridad, curiosidad y confianza, sabiendo que las raíces más profundas de una vida comienzan a crecer cuando un niño o una niña descubre que existe un lugar donde es esperado, cuidado y amado.

Confieso que cada vez que soy testigo de estas escenas me invade un profundo asombro. Mientras discutimos resultados, indicadores o planes, hay hombres y mujeres que, con gestos aparentemente sencillos, están modelando la manera en que un niño o una niña aprenderá a confiar en sí mismo, a mirar a los demás y a descubrir que su vida tiene valor.

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Lo que los niños sí saben

Pienso entonces en esos estudiantes. Tal vez nunca encuentren las palabras para agradecer. Quizá la infancia, la adolescencia o la propia vida guarden ese reconocimiento en silencio. Pero no nos equivoquemos: los niños lo saben.

Saben quién los recibió cuando llegaron con miedo. Saben quién celebró un pequeño avance como si hubiera descubierto un tesoro. Saben quién volvió a explicar sin perder la paciencia. Saben quién permaneció cuando parecía más fácil renunciar.

Puede que nunca lo digan. Puede que ustedes jamás escuchen ese agradecimiento. Pero el corazón aprende mucho antes que las palabras. Los vínculos que nacen del cuidado, del respeto y de la confianza permanecen allí, silenciosamente, acompañando la vida.

Quizá, dentro de muchos años, esos niños, niñas y jóvenes no recuerden una clase, una actividad o una evaluación. Sin embargo, recordarán cómo los hizo sentir aquel profesor que creyó en ellos, aquella educadora que los acogió cuando el mundo apenas comenzaba a abrirse frente a sus ojos.

Un reconocimiento que pocas veces se dice en voz alta

En este territorio silencioso, el reconocimiento pocas veces se verbaliza. Por eso queremos felicitar con profundo respeto a cada uno de nuestros profesionales de la educación que han transformado, a pulso, su vocación y su desarrollo profesional en un acto de cada día.

Queremos felicitar también a los docentes y educadoras que han recibido los resultados de su evaluación profesional y ven, con satisfacción, el producto de su propio desarrollo reflejado en sus informes y en la movilización de su tramo. Ese logro habla de competencias, sin duda, pero también de perseverancia, disciplina, humildad intelectual y de una convicción profunda: ofrecer siempre lo mejor de ustedes a sus estudiantes.

Y a quienes este año iniciarán ese camino, queremos decirles que no están solos. Recorran este proceso con la tranquilidad de quien sabe que aprender también es un acto de valentía, y que crecer profesionalmente es una de las formas más nobles de honrar a quienes han confiado en ustedes: sus niños, niñas y jóvenes.

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Un compromiso compartido

Como Servicio Local, queremos caminar a su lado. Acompañarlos, aprender con ustedes y seguir construyendo una educación pública que también sepa cuidar a quienes la hacen posible.

Gracias por permanecer cuando el camino se vuelve difícil. Gracias por enseñarnos, todos los días, que la educación de calidad no comienza en un currículo ni termina en una evaluación.

Comienza en el corazón de una profesora, de un profesor y de una educadora que, aun cuando nadie los esté mirando, vuelven a abrir la puerta de su aula convencidos de que siempre vale la pena creer en un ser humano.